2 mar. 2011

Quema, duele.


De nuevo estoy ante una situación que me supera, el instinto sale y no se puede retener. Me abraso las manos al intentar sujetar la bestia de fuego que quiere libertad.
Lloro porque me abraza y me quema, y por dentro arde la mecha que lleva al caos.
Me quema el contacto con cada uno de los desencadenantes de esto, y aun así aguanto.
Rayando la locura, me retengo.
El estres hace que me hiera de tanto rascarme la piel, y sangra, y cuando empieza a doler y veo mis dedos bañados en sangre paro, me doy cuenta de lo que estaba haciendo y me miro con horror.

Siento que quiero dejarla salir, y que arrase con todo, como hace siempre, pero no debo, así que aguantare, y seguiré aguantando, hasta que mi alma quede hecha cenizas.


Simplemente una promesa... una promesa... esa promesa...


Solo deseo... poder... olvidar esta maldición...

Es una maldición a la que yo misma me agarre, yo la escogí, y la cultive...


La gente dice que tener un carácter vivo y ardiente es bueno, yo no lo creo, porque muchas veces me tengo que parar a pensar en lo que he hecho y arrepentirme.
Y llorar, llorar y llorar, llorar para que las lágrimas apaguen el incendio y pedir el poder olvidar.

Y pedir perdón, pedir el perdón hasta quedarme sin voz, pedir perdón al cielo gritando...

Hasta quedarme sin voz, hasta sangrar por gritar, hasta que no me queden lágrimas, hasta que el cielo me perdone...

Espero que el cielo me perdone, porque nunca seré capaz de pedirlo a quien deberé...


Pero aunque huya seguirán ahí, aunque olvide me perseguirá y volveré a caer aun a mi pesar...



Quema. Arde. Abrasa. Hiere.



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